Anoche te vi pasar tuvo su primera exhibición en la galería Casa Cuatro de Guanajuato capital, como parte de la programación del Festival Internacional Cervantino en octubre del 2025. La muestra se desplegó como una invitación a recorrer las atmósferas íntimas que atraviesan la obra, abriendo el camino para futuros montajes y nuevas conversaciones con otros públicos.



























La sorpresa es el núcleo de toda imagen significativa: aquello que detiene el tiempo, que transforma lo habitual en prodigio. Esta exposición adopta esa premisa estética y ética. La fotografía análoga aquí es una técnica y una forma de entrega al mundo: mirar como si todo se revelara por primera vez, con una atención radical al detalle, al gesto mínimo, a la luz que resbala en silencio sobre una silla, una olla, una mano, una jarana, un río
La noche se desliza como una brisa tibia y, en ese instante ambiguo entre la vigilia y el sueño, las imágenes adquieren otra densidad. Los ejes que guían esta muestra -el paisaje la comida, la peregrinación y el fandango- son umbrales hacia esa zona cambiante donde el tiempo se vuelve memoria encarnada. Pero no son solo categorías temáticas: se configuran como verdaderos dispositivos de teatralidad, un orden de la mirada que organiza lo visible y lo dota de potencia política y afectiva.
Bajo el título Anoche te vi pasar, la exposición hilvana al paisaje, la comida, el fandango y la peregrinación como estaciones de un mismo viaje onírico. El blanco y negro análogo funciona como una lámpara tenue que realza la textura del humo, la madera y la piel. cada grano de luz revelado en plata sobre gelatina guarda un segundo de vida suspendida, una chispa que insiste en permanecer cuando la memoria amenaza con difuminarla.
El sueño -esa otra forma de caminar- de invocar a los que se fueron mediante las estas, los rezos y los cantos. Estas imágenes recuerdan que toda peregrinación es también una constelación de memorias. La fotografía es un umbral donde el pasado irrumpe en el presente y se proyecta hacia el porvenir.
Tal como advierte Joan Fontcuberta, la fotografía no certifica la realidad: la recrea, la reinventa. Aquí, esa “mentira honesta” se vuelve puente entre el mundo palpable y el territorio del sueño. El espectador es invitado a cruzar ese puente sin prisas, a respirar el olor a leña, a seguir el compás de las jaranas, requintos, leonas y, finalmente, a sentarse junto a los ancianos para escuchar todo lo dicho y lo que aún no se ha pronunciado. Porque, quizá, la noche sólo termina cuando reconocemos -en la esquina de un sueño- el eco de nuestro propio paso.
Paulina Mendoza
Curadora